El maldito bloqueo del escritor.
[Entre la soledad de mi blog, he encontrado este texto que escribí hace varios años y me apetecía volver a compartirlo con vosotros, aquí lo dejo. De mi, para ti. ¡Maldito bloqueo del escritor!]
Abres word. Porque quieres escribir. Quieres escribir. Quieres escribir pero no sabes sobre qué tema. Ni sobre quién. Ni sobre qué lugar. El tiempo y el espacio en el que sucede la acción no vienen a ti. Y el maldito narrador no quiere contar historias. Ni contárselas a si mismo, dando la sensación de un yo desdoblado, ya sabes, que se cuenta las cosas a el mismo, porque todos sabemos, que de alguna forma, se siente sólo y si nadie le cuenta historias, se las tendrá que contar a él mismo... Ni de forma omnisciente... ¡Y eso que todo lo sabe! Hasta de que color lleva la ropa interior, la amiga de la vecina que a su vez es madre de la tía y sobrina de la hermana del padre de y así una serie de sustantivos parentales que un narrador en primera persona no sabría, pero uno de segunda persona, pues si las sabe. Ya no quiere ni contar sus propias vivencias, en primera persona... ¡Con lo hablador y descriptivo que está el siempre! Que él no lo sabe todo, al igual que tú tampoco puedes saber todas las cosas de tu alrrededor desde tus vivencias. La trama no viene a ti. Ni siquiera una simple frase como... "Érase una vez..." vamos, un acontecimiento inicial... ¡Nada! Y te frustras, y dejas de buscar un principio e intentas dar con el nudo del asunto... a ver si así sabiendo lo que podría suceder a mitad de la historia logras crear una serie de acontecimientos que lleven a la situación que acabas de inventarte. Y nada. Sigues igual. Las ojeras se van oscureciendo, las nalgas van aumentando de tantas horas sentada al ordenador y los dedos ya comienzan a sufrir algún que otro tirón de sobre-esfuerzo. Te pica la nariz. Te rascas. Se te cierra un ojo. Después el otro. Una taza de café humeante aparece ante tus ojos y le das pequeños sorbos. Pequeños que pasan a cada vez más grandes. Algo parecido a un río de cafeína inunda tus venas. Y la inspiración sigue sin venir a ti. Maldita, piensas. Tecleas una letra. Tecleas otra. Suprimir. Dos veces. Tanto una letra como la siguiente tecleada. Coges un libro e intentas leerlo para alcanzar la inspiración. Lees una palabra. Lees la siguiente. Pero dejas de leer. Porque tú quieres escribir. Quieres escribir. Pero no sabes sobre qué tema. Ni sobre quién. Y entonces sabes que ha llegado a ti, el maldito bloqueo del escritor.
Abres word. Porque quieres escribir. Quieres escribir. Quieres escribir pero no sabes sobre qué tema. Ni sobre quién. Ni sobre qué lugar. El tiempo y el espacio en el que sucede la acción no vienen a ti. Y el maldito narrador no quiere contar historias. Ni contárselas a si mismo, dando la sensación de un yo desdoblado, ya sabes, que se cuenta las cosas a el mismo, porque todos sabemos, que de alguna forma, se siente sólo y si nadie le cuenta historias, se las tendrá que contar a él mismo... Ni de forma omnisciente... ¡Y eso que todo lo sabe! Hasta de que color lleva la ropa interior, la amiga de la vecina que a su vez es madre de la tía y sobrina de la hermana del padre de y así una serie de sustantivos parentales que un narrador en primera persona no sabría, pero uno de segunda persona, pues si las sabe. Ya no quiere ni contar sus propias vivencias, en primera persona... ¡Con lo hablador y descriptivo que está el siempre! Que él no lo sabe todo, al igual que tú tampoco puedes saber todas las cosas de tu alrrededor desde tus vivencias. La trama no viene a ti. Ni siquiera una simple frase como... "Érase una vez..." vamos, un acontecimiento inicial... ¡Nada! Y te frustras, y dejas de buscar un principio e intentas dar con el nudo del asunto... a ver si así sabiendo lo que podría suceder a mitad de la historia logras crear una serie de acontecimientos que lleven a la situación que acabas de inventarte. Y nada. Sigues igual. Las ojeras se van oscureciendo, las nalgas van aumentando de tantas horas sentada al ordenador y los dedos ya comienzan a sufrir algún que otro tirón de sobre-esfuerzo. Te pica la nariz. Te rascas. Se te cierra un ojo. Después el otro. Una taza de café humeante aparece ante tus ojos y le das pequeños sorbos. Pequeños que pasan a cada vez más grandes. Algo parecido a un río de cafeína inunda tus venas. Y la inspiración sigue sin venir a ti. Maldita, piensas. Tecleas una letra. Tecleas otra. Suprimir. Dos veces. Tanto una letra como la siguiente tecleada. Coges un libro e intentas leerlo para alcanzar la inspiración. Lees una palabra. Lees la siguiente. Pero dejas de leer. Porque tú quieres escribir. Quieres escribir. Pero no sabes sobre qué tema. Ni sobre quién. Y entonces sabes que ha llegado a ti, el maldito bloqueo del escritor.
Comentarios
Publicar un comentario